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Pudimos haber llegado más lejos
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Pudimos haber llegado más lejos. A la planicie de Los Encinales o al húmedo follaje de Perulapán. O quizá hasta las cercanías del verdor de Acuarimantima.

Pero nuestra pereza de viejos sedentarios prefirió este erial, este yermo transido de jamos y pedruscos en donde las serpientes y los sapos atrapados entre el enloquecimiento de la soledad habían terminado por amarse.

Desatada nuestra orfandad apeamos los bojotes e izamos —sin orgullo— el pabellón de la patria, entilado por todos. Esparcimos puñados de la tierra negra que habíamos traído para eludir la nostalgia y al cabo de los días y las noches dimos fin a estos ranchos sin otro criterio más que el impuesto por el cansancio que heredamos de los burros absortos.

A partir de aquella fecha sin memoria nos resignamos a esperar las lluvias naturales, el crecimiento de las brassavolas, la concreción del padre maíz y a aguardar la esperanza del milagro de Lázaro.

Los jamos, al paso de los años, se fueron volviendo fríos y calculadores y nos contemplaban desde los ventanales palatinos o asomados a las puertas de nuestras covachas los veíamos desmayados de amor, fatalmente atraídos por los ojos azules del príncipe de los ofidios, ajenos por completo al sufrimiento humano y, hay que decirlo, los jamos se hicieron cómplices de las fieras armadas, inútiles por definición y crueles por la naturaleza de su sangre inflamable.

A pesar de todo, mantuvimos fuera del alcance del floreciente culto al sometimiento, la idea, esa que no se puede explicar con palabras, de que pudimos haber llegado más lejos.

Poesía de Roberto Sosa
  Tegucigalpa,
Tegucigalpa,
duro nombre que fluye
dulce sólo en los labios.
Tegucigalpa — Caligramas
 
En una cuerda bailo hasta al amanecer
temiendo —cada instante— la breve melodía de un tropiezo.
Arte espacial – Un mundo para todos dividido
 
Vuelves de todas partes
desde tu dignidad.
Estás entre nosotros,
bajo la noche,
repartiendo la luz todos los días
Morazán vivo — Muros
 
Nada ha cambiado. Nada.
Los mismos perros tras el mismo dueño
Viejo pueblo – Muros
 
Mar interior, mar mío,
a partir de mi pecho
se levantan tus arcos
que siempre me conducen
a un dominio más puro
y a tu calma se entregan
mi tiempo y mis deseos.
Los retornos – Mar interior
 
No es fácil reconocer la alegría
después de contener el llanto mucho tiempo.
Los elegidos de la violencia – Un mundo para todos dividido
 
Nuestros hijos
ven
la ruina acumulada de las ciudades.
(…)
Aprenden con los moribundos,
a contar los peldaños que faltan a la vida.

Y crecen sin asombro.
Los peldaños que faltan – Los pobres
 
Los pobres son muchos
y por eso
es imposible olvidarlos.
Los pobres – Los pobres
 
La Historia de Honduras se puede escribir en un fusil
sobre un balazo, o mejor, dentro de una gota de sangre.

Secreto militar – Secreto militar
 
Entré
en la Casa de la Justicia
de mi país
y comprobé
que es un templo
de encantadores de serpientes.
La casa de la justicia – Los pobres
 
Tu nombre está bajo la misma calma,
oculto en las señales del rocío
.
Tempestad – Muros
 
La palabra democracia, hoy por hoy,
ha sido despojada de su significado.
(…)
Los reaccionarios,
envueltos y dilatados por la acústica de su enorme ostra,
hablan de ella.

Impenetrables
y sin emociones, alojados dentro de la cúpula del poder absoluto,
los asesinos y los ladrones
dibujan su nombre sobre el punto más frío de la página en blanco.
(…)
En el mismo estado de descrédito, por razones idénticas,
ha caído en el vacío otra palabra mayor: Dios.
Caen en el vacío dos palabras mayores – Secreto militar
 
Sufro porque no puedo
multiplicar los panes;
por lo vivido y por lo que no escribo,
profundamente sufro.
Proximidad – Un mundo para todos dividido
 
Toda mi vida amaría a María. Ah María, ah María.
Último verso de un epigrama – Máscara suelta

 

Barrio La Leona, Ave. Zaragoza, Apdo.1843
Tegucigalpa, D.C. Tel: 238-3401, 238-4578

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